Category Short Stories

Conocimos a Marcos el primer día de vacaciones, cuando pasé a cuarto grado. Mi hermano David tenía diez años, y yo ocho. Nunca lo habíamos visto, ni en la escuela, en misa o en el colmado, pero por lo bien que se conocía las calles del ensanche Ozama, dirías que al igual que nosotros, había vivido toda su vida ahí.

Esa misma tarde le presentamos a mi vecina Cindy, a Pamela que ese verano andaba enamorada de David, a su amigo Carlos y a Manuelito, mi primo de Baní que estaba de visita. David y Pamela a veces se iban a ratitos y nos dejaban a nosotros solos, pero Marcos entonces se encargaba de siempre acompañarnos en nuestros juegos.

Marcos parecía extranjero y siempre decíamos que venía de un país de esos como la India. Tenía la piel tersa, color canela, y ojos tristes y penetrantes. A diferencia del resto de los muchachos, que tenían el pelo crespo pelado con abejón, Marcos poseía una cabellera lisa, negra azabache, que yo no hubiera logrado alisándome diario ni durmiendo en tubi todos los días. Andaba en su bicicleta verde, que según él, se la había regalado Balaguer un día de Reyes. Y siempre llevaba una gorra de los Red Sox, lo cual era motivo de constantes discusiones con David, cuyo mayor sueño en la vida era ir a Nueva York a ver a sus amados Yankees jugar.

Marcos siempre andaba haciendo bromas, dándole cuerda a David por pelota (y recibiéndola), y dispuesto a jugar lo que fuera. Y era muy bueno. Parecía volar en su bicicleta, nadie le ganaba cuando hacían carreras. Si jugábamos El Loco, acabábamos sin aliento cayéndole atrás. En el escondite, corría tan rápido que siempre se pepsicolaba antes de que lo pudiéramos atrapar. Era un personaje, y todos queríamos ser sus amigos. Especialmente David y yo.

Pasábamos desde la mañana, cuando papi se iba del trabajo, hasta que oscurecía, que estaba en el colmado, juntos. Si a David lo castigaban o yo estaba haciendo oficios y no podíamos salir los dos, Marcos se contentaba con jugar con el uno o con el otro.

Él comía mucho en mi casa y mami en especial le tomó mucho cariño, aunque no dejaba de sentir curiosidad, al igual que todos nosotros, sobre su procedencia. Siempre que lo sentaba a la mesa a comer arroz con habichuelas y carne, mami le preguntaba que a qué curso había pasado, que por donde vivía, si ella conocía a sus padres. Marcos siempre parecía dar una dirección vaga, o evadir por completo sus preguntas. Cindy, cuya mamá se sabía la vida y milagros de todo el mundo, nunca pudo descubrir el misterio de su dirección, pero llegó a la conclusión de que eso era que vivía por un callejón del Dique y no quería decírnoslo.

Pero, pese a la incredulidad de mami y mis amiguitos, yo sí fui a la casa de Marcos.
Esa mañana él había estado tratando de enseñarme a montar bicicleta, porque David, que andaba sabrá Dios dónde con Pamela, decía que yo no sabía hacerlo bien. Entre ir de aquí para allá con su bici nos dieron las doce, y Marcos me guió a una casa grande, con una galería bien coqueta y ventanas de aluminio.
Uno de mis recuerdos más vívidos es haberme sentado en esa galería, sobre una mecedora de mimbre blanca, mis piernitas flacuchas colgando, y beber jugo de chinola con Marcos.

Mami siempre ha dicho que eso es imposible. Comenzando por el hecho de que a mí ese jugo me bajaba la presión y lo tenía terminantemente prohibido, al punto de que en casa ni siquiera compraban chinolas dizque por el olor.

Ella podrá decir todo lo que quiera, pero yo sí tengo el recuerdo de esa bebida cítrica, colorida y con bolitas negras al fondo, y el sonido del Show del Mediodía escapándose por las ventanas cerradas de la casa de Marcos, su verdadera casa.

Pero David juraba que eso no era verdad. Que un día ellos habían jugado vitilla y tomaron agua en una segunda planta, en una casa cerca de la Venezuela. La verdad, creo que Marcos era nuestro Chavo del Ocho. Sin padres conocidos, sin residencia fija, pero siempre dispuesto a jugar y a comer con nosotros.

Cuando iban a acabarse las vacaciones, David, mami, papi y yo fuimos a Puerto Plata por unos días. A mí no me gustaba mucho la playa, pero David y papi eran excelentes nadadores y se pasaban el día entero en el agua. David estaba feliz de tener a papi para él solo, porque casi nunca estaba en la casa. Yo prefería quedarme en la orilla, en el agua tibiecita y a la vista de mami, aunque David insistía en arrastrarme hasta el fondo hasta que ella le peleaba.

Me sentía sola allá, con David ocupado, sin más personas de mi edad, y mami leyendo sus revistas en la orilla. No podía esperar a regresar a casa y jugar con Marcos. El domingo en la tarde, no bien nos desmontamos del carro de papi, salí corriendo a buscarlo.

Pero Marcos se fue sin despedirse. Ni Cindy, ni Carlos ni Pamela (que estaba peleada con David) sabían nada de su paradero. Manuelito, al que llamé a su casa en Baní, tampoco sabía nada. Ni siquiera Jean Pierre, el haitiano guachimán al que Marcos a veces le hacía maldades, lo había visto. Al otro día, David y yo volvimos a la escuela.

Desde entonces, Marcos regresó de otras maneras.

Cuando tenía quince años, David dijo que vio a Marcos con un grupo de señores que se sentaban a estrellar fichas de dominó y beber frías frente a un colmado. Pero decía que lo más raro era que, en lugar de su pelo azabache, tenía la cabeza gris y el rostro manchado y arrugado, como sus compañeros de juego.

“Pero era él” me volvió a jurar. “tenía su misma sonrisa y su gorra”. Todos nos reímos, y de ahí comenzó el relajo de que Marcos salió corriendo porque su papá era un borrachón.
Años después, David me confesó que esa fue la primera vez que bebió una cerveza, cortesía de don Marcos.

Yo lo vi después, en un grupo de adolescentes. Reconocí el sonido de su bicicleta antes de voltearme. Tenía 19 años e iba caminando a casa con todos mis materiales para hacer maquetas, y Marcos, que parecía no haber envejecido desde aquella tarde que bebí jugo de chinola en su casa, no me dejó ni saludarlo. Sin dejar de sonreír con todos los dientes, hundió su bicicleta en un charco de agua y me empapó completa, junto a mis materiales.
Sus acompañantes le siguieron, muertos de la risa, cuando se largó corriendo. Me quedé mirando el verde añejado de su bicicleta y su gorra encogiéndose en la distancia. ¿Tendría Marcos un hermanito? Debía ser, eran idénticos. Todo sucedió tan rápido que ni siquiera le caí atrás. Simplemente me devolví, empapada, a la avenida, a coger una guagua para comprar mis materiales, de nuevo. Nunca se lo conté a nadie.

David se graduó con honores de Contabilidad y ni bien le dieron el título, se fue corriendo para Nueva York. Su sueño desde niño se cumplió cuando vio los rascacielos, el Yankee Stadium y los dólares americanos que “rendían”. Allá en diciembre nevaba, me contaba desde niña, y podías hacer ángeles de nieve y muñecos. Allá, me contaba ahora, ibas al estadio y podías ver a Derek Jeter batear, luego tomar el subway y pasearte por el Times Square, con todas las pantallas con anuncios de programas de la ABC, Coca Cola y otros productos made in USA.

Cada vez que uno de nosotros compraba tarjetas y hablábamos por teléfono, David me contaba del desfile de Thanksgiving, del árbol del Rockefeller Center y del Año Nuevo en el Times Square, como excusándose por perderse los 24 donde la abuela y los 31 en familia. Yo lo escuchaba callada, sabiendo que él buscaba llenar el silencio para evitar el tema. En Año Nuevo, cuando la bola cayó y el nuevo milenio empezó, no me despegué de la televisión, intentando encontrar su cara entre los miles de asistentes.

La verdad es que yo sabía perfectamente que, si David regresaba, no podía volver. Y por él haberse quedado, nos negaron la visa a todos. “Si él se quedó, qué me dice que ustedes no lo harán también?” dijo el cónsul.

Así, a los 24 años, David estaba solo en Nueva York, con un trabajo en una bodega (“para eso fue que yo pagué universidad” solía quejarse papi) y sin poder ver a su familia. Solo Manuelito, que se fue donde unos primos a Paterson, solía visitarlo, pero muy poco, porque él también trabajaba mucho.

Aunque no me lo decía, yo podía imaginarlo.

David no me contaba de los días oscuros en los que no veía el sol, de las mañanas frías que tenía que caminar hasta llegar al subway, de los turnos dobles, los taxes que tenía que pagar, los drogadictos y las prostitutas, los muggers, o las personas con las que tenía que compartir apartamento, porque eran muy caros.

Cuando lo llamé para contarle que me iba a casar, estaba en su apartamento en su día libre, distingui voces familiares. “Son mis roommates” me dijo, con un poco de vergüenza en la voz. “El cable de ellos coge canales de allá y estamos viendo el Show del Mediodía”.

Cuando nos trajeron el cuerpo, mami no lo quiso ver. Papi consiguió hablar con el nuevo director de no sé qué, quien por casualidad era del ensanche también y recordaba a David. Fue así como pudimos conseguir que lo trajeran para acá. Manuelito manejó desde New Jersey y lo reconoció por nosotros. Y hasta nos dio la mano con el envío, pues sabía que tras lo de Baninter, todos andábamos muy cortos de dinero.

No lo reconocí. Tantos años de soledad y trabajo duro habían hecho que David se refugiara en el alcohol, algo que, aunque siempre trató de ocultarlo, lo sospeché. Su rostro, demacrado y cansado, me lo confirmó. Primero lo botaron de la bodega, porque bebía en medio del turno. Contable al fin, tenía ahorros (o eso pensábamos) para pagar la renta. Es la lógica que elegimos creer, porque nunca lo botaron del apartamento. Su roommate, un muchacho boricua, fue quien lo encontró. Tenía 27 años.

El día del entierro, embarazada de mi primera niña, con los ojos inyectados en sangre y miopes de dolor. Aun así, pude distinguir entre la multitud de dolientes en el Cristo Redentor a una silueta color canela, con una gorra de los Red Sox que tapaba una cabellera perfectamente lacia, pese a las canas. Sus ojos de niño triste se encontraron con los míos un momento.

Me abalancé con dificultad ante la multitud, que no paraba de abrazarme y darme pésames mientras caminaba. Pero cuando llegué hacia donde creía que lo había visto, solo sentí como empezaba a desmayarme con el olor a chinola.