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Cuando Luciana visitaba Buenos Aires, lo que más le gustaba era ir al cine. Las películas de los hermanos Marx eran sus favoritas, aunque disfrutaba todo lo que estuviera en cartelera en el momento. Por esa razón, cuando don Roberto, el dueño del único almacén del pueblo de San Vicente, anunció que abriría un video Club en el pueblo, Luciana fue la primera en postularse para ser dependienta.
Todo lo que tenía que ver con el video Club le encantaba: sus alfombras verde esmeralda, sus anaqueles reciclados de Almacenes Roberto) y la rutina de aquellos que, al igual que ella, eran regulares en el arte de alquilar la película correcta.
Algunos clientes se ruborizaban si venían de la sección al fondo de la tienda, donde tras una cortina blanca, estaban los títulos más explícitos de todo el cine club. A Luciana le daba igual ver quién alquilaba qué; lo menos que se imaginaban esos pobres hombres que se paraban incómodos frente a ella era que dicho género era el más popular.
El negocio marchaba bien, disfrutaba su trabajo y no le molestaba las veces que se quedaba hasta tarde haciendo inventario, lo cual sucedía a menudo. Fede, su novio, solía bromear con que ella amaba más al cineclub que a él, lo que ella respondía con codazos y una risa relajada, como la de aquel que tiene todo lo que quiere en la vida.
La noche del 5 de diciembre, sin embargo, sucedió algo extraño que Luciana no podía explicarse.
Había salido a tomarse una copa con sus amigas, cuando de repente se dio cuenta de que había dejado su monedero en el videoclub. Eran alrededor de las 9 de la noche y recién habían quitado el toque de queda en el pueblo. Todos los jóvenes querían salir a pasarla bien y Luciana no era la excepción. Desde su casa, telefoneó a su amiga Antonella, avisándole que tenía que pasar por el videoclub rápidamente y que llegaría al bar un poco más tarde.
Tras caminar las escasas cuadras que separaban su casa del cineclub, Luciana llegó a la entrada. Con cuidado, quitó el candado frontal y se escabulló rápidamente en el interior del local. No quería llamar la atención, ni que pareciera que andaba haciendo lo indebido.
Primero buscó bajo el mostrador, donde acostumbraba a dejar su cartera. Quizás se le había deslizado. Pero de repente, olvidó por completo el monedero, a Antonella y todo por lo que estaba ahí. Luciana empezó a oír voces. Y vio, de reojo, una extraña luz que cambiaba de color.
Ella, que de por sí era algo nerviosa, sintió su corazón yéndose al piso, y tuvo que taparse la boca para evitar dejar salir un grito. Fede siempre decía que ella era muy cobarde y se asustaba por todo. Respiró varias veces hasta que su pecho volvió a un ritmo más o menos decente; con nuevas fuerzas (relativamente) se volteó a enfrentar lo que sea que estuviera ocurriendo en el cineclub.
Suspiró aliviada. El televisor, donde a veces don Roberto o ella ponían películas para ambientar, estaba encendido. Era extraño que se hubiera prendido de la nada, pero quién sabe; esos aparatos a veces son así. Luciana se acercó para apagarlo, dejarlo así hasta la mañana sí que consumiría electricidad. En la pantalla, antes de desenchufar el televisor, reconoció a Robert De Niro manejando un taxi.
El silencio y la oscuridad volvieron a apoderarse del local, pero aun así Luciana no podía evitar sentir que había interrumpido algo, y esa sensación la atravesaba por toda la espalda, como un hielo deslizándose en sus huesos. Su cuerpo no tardó en paralizarse de miedo, con excepción de su pecho, que apenas mantenía su respiración.
No supo cuánto tiempo estuvo así. ¿cinco, diez minutos? Quizás habían sido animales afuera… pero era muy raro que hubiera en el área. Cuando finalmente logró convencerse de que quizás su mente le había hecho una mala jugada, empezó a escuchar nuevamente siseos, respiraciones y susurros. Como si fueran varias personas, tratando de esconderse de Luciana. Podía escuchar que articulaban frases, pero no lograba distinguir lo que decían.
Registró con la mirada lo poco que podía del lugar. La luz de la luna se colaba por las ventanas, pero fue suficiente para que Luciana se diera cuenta de que el sonido provenía de la sala para adultos, tras la cortina gruesa. Ahora sí que estaba convencida: el cineclub no estaba solo.
Ella no era una persona supersticiosa ni muy religiosa. Iba a misa en diciembre y Viernes Santo con su familia, pero se concentraba en vivir el día a día y planificar su futuro poco a poco junto a Fede. Pero años después, todavía recordaría el horror que sintió esa noche, tan tangible que sentía que, en algún momento, una presencia se manifestaría y la tocaría.
Salió disparada, con el corazón en la boca y sin mirar hacia atrás. Corrió calle tras calle sin detenerse, hasta llegar al bar donde Antonella y Marcia la vieron llegar despeinada, cubierta en sudor y pálida como la nieve. No pararon de preguntarle qué le ocurría. Luciana no sabía explicar qué había visto. Sólo atinó a decir que escuchó voces.
Esa noche estuvo ausente en toda la conversación, su mente en otro lugar y su mirada perdida en el vacío. Solo cuando llegó el momento de pagar la cuenta, Luciana se dio cuenta de que no llevaba su monedero encima.

Al día siguiente, le costó mucho levantarse, pero había quedado con Fede para ir a almorzar y ver el partido. Aunque era fanática del fútbol, y más ahora que eran anfitriones del Mundial, estaba distraída y ni siquiera los gritos, codazos y expresiones de frustración por el 0:0 contra Brasil la sacaron de su letargo.
— Lu, ¿qué te pasa? Has estado ida todo el día
— Mmm, ¿Dijiste algo?
Fede la miró preocupado, y aunque estaban casi frente a la casa de ella, hizo que se sentaran en un banco.
— Anto y Marcia me dijeron que estuviste así anoche. ¿Pasó algo amor? Podés contármelo.
Lucía dudó un momento.
— Yo misma no entiendo qué sucedió, Fede. La verdad es que no. Simplemente… llegué al videoclub y sentí que no estaba sola. Pero vos sabés cómo soy, así de gallina, pienso que a lo mejor me lo imaginé, pero… oí voces. De verdad, te lo juro por la Virgen. Bueno, no soy religiosa, pero sabés a lo que me refiero. Me parece extraño que haya habido gente a esa hora reunida, si es que era gente y no, ya sabes… fantasmas — rio nerviosa, reconociendo lo ridículo de la situación — Probablemente no es nada.
Fede la miró con una expresión difícil de leer. Como militar, ella sabía que había muchas cosas que él no le contaba.
— Si algo así vuelve a ocurrir, me contás, ¿va?
— Va.
La acompañó a su casa y quedaron para ver la final, el próximo domingo. Se despidieron con un beso, y ella lo siguió con la mirada hasta que se perdió en la oscuridad.
La mañana siguiente, se presentó como de costumbre a las 10 a.m. a abrir el cineclub. Saludó a Susana, la mujer de don Roberto.
— De todos los cafés del mundo, ella entra al mío. — exclamó don Roberto cuando la vio.
Luciana lo miró confundida, ya de por sí temblorosa.
— Es de Casablanca, niña. ¿No la has visto? Es la favorita de Su — le guiñó el ojo a su mujer.
Entre los tres se sonrieron, y continuaron haciendo inventario, llamadas de recordatorio para devolver las películas y limpieza. Las mañanas eran tranquilas, especialmente los lunes. El día transcurrió normal, aunque le llamó la atención que don Roberto pasó todo el día en el local. Usualmente pasaba unas pocas horas al día allá, tras lo cual le confiaba el negocio a ella y a Susana, y se ocupaba de su almacén. Luciana notó que la pareja duró un buen rato en el cuarto tras la cortina blanca, aparentemente limpiando. Recordó el episodio, dos noches atrás. Sintió un hielo bajar por su espalda de nuevo.
— Que la fuerza esté con vosotras, niñas — se despidió con su fuerte acento gallego.
— Últimamente está citando muchas películas — le explicó Susana. Está consumiendo su propia mercancía, y bueno, la edad lo tiene así.
Luciana se rio, relajándose. Quizás había imaginado todo. Encontró su monedero bajo el mostrador antes de salir.
La semana transcurrió con poca clientela. No había mucha gente interesada en alquilar películas cuando había una copa de fútbol siendo transmitida en televisión; mucho menos siendo Argentina uno de los favoritos para ganar. Solo los clientes de siempre, con su rutina de caminar nerviosos al cuarto tras la cortina blanca, siguieron asiduos.
Para el domingo, ya había olvidado por completo el asunto. Acompañó a Fede a ver la final de la Copa del Mundo al bar. Con cada gol, gritó hasta quedarse afónica, y salió a celebrar con la bandera cuando ganaron. Se sintió dichosa, y Fede estaba tan emocionado que le pidió casarse con ella, y aceptó. El país se paralizó, y nadie en San Vicente pensó siquiera en trabajar al día siguiente.
El martes, Luciana, recién comprometida y aun flotando de felicidad, se presentó al videoclub un poco más tarde de lo usual, pese a lo cual lo encontró cerrado. Qué extraño. No pensó que don Roberto y doña Susana fueran tan fanáticos del fútbol argentino. Caminó hasta el almacén, que también resultó estar cerrado. Preocupada, llamó al piso de arriba, donde vivía la pareja mayor. Nadie contestó.
La alegría de Luciana se esfumó. Preguntó a los alrededores, pero todos estaban demasiado resacados o emocionados para saber nada. Como última instancia, telefoneó a la casa de don Roberto. Tras sonar múltiples veces, escuchó a Susana levantar con parsimonia el auricular.
— ¿Bueno?
— Susana, ¿está todo bien?
— Sí mijita, es que… bueno, Roberto no aparece. Vamos a estar cerrados un par de días. Yo te aviso, no te preocupes.
Por lo que pareció una eternidad, nadie dijo nada. Luciana sintió todo su cuerpo tensarse, recordando la sensación de hacía dos semanas. Había algo más, notó. La voz de Susana tenía un dejo de desolación.
— Pero Susana, ¿a qué te referís que no encontrás a Roberto? ¿Avisaste a la policía al menos?
Escuchó a Susana aguantar una risa condescendiente.
— Ellos lo saben.
A Luciana no la convenció su respuesta.
— Voy para allá.
— No, no vengas niña.
Luciana no sabía qué hacer. Desesperada, telefoneó a casa de Fede. Su madre le avisó que estaba fuera del pueblo, en algo del trabajo. Le rogó que desde que llegara, necesitaba hablar con él. Fede duró días fuera. El almacén y el cineclub permanecieron cerrados. Doña Susana se negaba a salir de su casa.
Cuando Fede volvió, unos días después, Luciana le cayó encima, desconsolada. Le explicó la situación, cómo estaba doña Susana, que cómo iba a estarse la gente desapareciendo. Eso pasaba en Buenos Aires quizá, Rosario. Ciudades grandes. Pero cómo que estaban pasando esas cosas en San Vicente. Fede la miró con la misma expresión enigmática de hacía dos semanas.
— Haré lo que pueda, mi amor. Pero eso no depende de mí, sabés que no tengo rango para estar dando órdenes.
Los meses pasaron. El Cine Club La Estrella cerró, y luego el almacén Don Roberto, que estuvo funcionando desde que Luciana tenía memoria, tuvo unos repentinos problemas legales. Susana dejó San Vicente. Escuchó que intentó salir del país y que no la dejaron. Luego dijeron que desapareció. Lo único de lo que Luciana estaba segura, era de que nunca la volvió a ver.

Luciana y Fede se casaron en diciembre de 1978. Para ese entonces, a Fede lo habían ascendido y ella trabajaba en la panadería. Cuando tuvieron a Margarita, su primera hija, ella dejó de trabajar. Cuando tuvieron a Robertico, a Fede volvieron a ascenderlo y se mudaron a Buenos Aires. Luciana llevaba a los niños al cine a menudo, aunque estuvieran muy pequeños para entender lo que sucedía. Eran su única compañía, pues Fede nunca estaba en casa. Había una gran variedad de cine clubs, y les enseñó todas las películas de los hermanos Marx antes de que pudieran caminar bien.
Para cuando la Junta Militar cayó, ya Luciana y Fede se habían separado, y Buenos Aires era demasiado grande para ella. Además, todo el mundo sabía que ella había sido esposa de un militar. Prefirió volver a San Vicente, a que su madre la ayudara con Margarita y Robertico. El cambio sería bueno.
Para entonces, ya San Vicente había empezado a cobrar más vida, y alguien compró el cine club antiguo, que ahora era parte de una cadena gringa llamada Blockbuster. Luciana, como hizo una década atrás, volvió a postular, y su conocimiento casi enciclopédico del cine hizo que Felipe, el esposo de su antigua amiga Antonella, y nuevo gerente, no dudara en contratarla.
En su primer día de trabajo, caminó hasta el local, emocionada luego de dejar a Margarita y Robertico en la escuela. Abrazó a Marcia y a Felipe. El cineclub lucía diferente: las paredes eran amarillas, ahora había aire acondicionado, y las alfombras eran de un gris oscuro. Ya no había cuartito posterior. Ahora los registros se hacían por ordenador. Y había muchas, muchas más películas.
— Me pregunto qué hubiera pensado don Roberto de ver su cineclub así.
Felipe rio. Luciana pensó en el viejo cascarrabias por el que había nombrado a su hijo menor. Pensaba en él todos los días.
— Lo hubiera odiado. — Continuó Felipe. Especialmente considerando… ya sabes. —bajó la voz— Lo que pensaba de los gringos.
Luciana vio a Felipe, completamente perdida.
— ¿No supiste? Don Roberto era comunista. Solía mantener reuniones clandestinas algunas noches aquí. Lo hacía en el cuartito anexo, donde tenía más privacidad. El señor era un negociante, pero tenía sus ideas, ya sabes. Por eso se fue de España, decía que no soportaba el franquismo. Repartía folletos. Tengo entendido que llegó a hospedar a algunos aliados. Por eso se llamaba La Estrella… por la estrella de la bandera comunista. La gente pensaba que era porque él era de Galicia — volvió a bajar la voz. — recuerdo que estuve a punto de asistir a una de esas reuniones. Pero era el Mundial y bueno, quería estar despierto para ver el partido al día siguiente. Fue lo mejor que me pasó, porque a las pocas semanas don Roberto desapareció. Nunca supimos cómo lo descubrieron. Siempre fue muy discreto.
La sensación de hielo recorriéndole la espalda, que hacía tantos años había sentido, volvió a invadir a Luciana. Solo que, esta vez, sintió el hielo en cada una de sus coyunturas. Y el hielo seguía ahí, sin moverse.
Años después, Luciana aprendería en los juicios televisados, en las noticias, lo que había pasado con los desaparecidos. Vio fotos. Luego no podía dormir y se desvelaba viendo películas para olvidar lo que había visto. La culpa la carcomía. Especialmente cuando soñaba con una imagen que vio en el periódico: una foto, descalcificada, de un cadáver con una herida de bala en la cabeza. En las manos, llevaba un título que, recordaba, era uno de los más solicitados desde el cuartito de atrás: Garganta Profunda.