Franco siempre les pedía a sus papás un hermanito; de cumpleaños, de Reyes, incluso cuando su mamá iba al supermercado. La tarde del martes 4 de octubre no fue la excepción.
Ese día, su mamá salió en su carro rojo al grupo de oración de la iglesia, luego del cual planeaba ir a hacer la compra; más tarde tía Miranda, la compañera de trabajo de papi, vendría a casa a cenar.
Eso tenía emocionado a Franco, porque significaba que iba a poder ver Dragon Ball Z sin que le apagaran el televisor mientras le decían que ese programa le deformaba el cerebro. La ausencia de mami significaba que iba a tener más libertad.
Con mucho cuidado, fue a la última puerta de la casa, justo al final del pasillo, donde se alzaba en la habitación de la abuela un majestuoso televisor barrigón que ella dejaba que usara, siempre y cuando no interfiriera con los horarios de sus telenovelas.
La habitación estaba sola, pues a esa hora abuela escuchaba su radionovela mientras regaba las plantas. Lo último que escuchó fue el rumor de lo que parecía el carro de papi, pero el opening de DBZ empezó a sonar y él, extasiado, se envolvió en los colores y la emoción del momento.
A media canción, cuando estaba en el punto más alto de su éxtasis, la pantalla del televisor se tornó oscura, y con ella, toda la habitación.
Un coro de “’coños’’, ‘’mierdas’’ y hasta un ‘’maldito calvo’’ de los vecinos le confirmó a Franco que la luz se había ido de nuevo en toda la calle. Aburrido, sopesó sus opciones. En un rato oscurecería, y no se suponía que saliera de la casa sin permiso de su mamá.
Su abuela dormitaba en la mecedora del jardín, con el radio de fondo yendo a comerciales. Pensó en cómo, cuando les preguntaba a sus papás cómo se hacía un hermanito, ellos le decían que papi plantaba una semillita en la barriga de mami y esa crecía hasta que llegaba un bebé.
Así había nacido él, le dijeron. En el colegio le habían enseñado a germinar una habichuelita, y ya estaba casi al nacerle una plantita nueva. Franco la supervisaba todos días; a primera hora, en recreo y a la salida del kínder, para ver si ya le nacía un hijito.
Fue así como se le ocurrió su proyecto para una tarde de apagón: iba a intentar hacer un hermanito. ¡Claro! ¿Como no se le había ocurrido antes? Así, tendría con quién jugar cuando se fuera la luz, a quien enseñarle Dragon Ball Z y con quien hablar cuando le costaba dormirse.
Así que echó manos a la obra y empezó a juntar los ingredientes que necesitaría.
Cuando en los muñequitos hacían proyectos de ciencias, Franco notaba que usaban lo que llamaban tubos de ensayo, que eran como los vasos de vidrio que usaban las visitas, pero con formas más divertidas.
Así que comenzó yendo a la cocina, trepó los gabinetes de madera oscura y sacó el jarrón de agua y dos vasos de vidrio. Cuando Franco, luego de mucho trabajo, logró juntar todos sus “tubos” en el piso de la cocina, se sintió muy orgulloso.
Cuando se disponía a empezar, escuchó la voz de su abuela, quien desde la puerta le avisó que iría a visitar a su vecina Mercedes; que se portara bien y que cuando volviera, si la luz no había vuelto, prenderían una vela y harían la tarea juntos.
A Franco le dio mucha alegría, porque significaba que podía ir al jardín a buscar más materiales para su hermanito sin que la abuela le hiciera muchas preguntas. Quería que fuera una sorpresa para toda la familia.
Lo primero eran las semillas, como la que su papá puso en su mamá y como la habichuela que él usó en el colegio. Como le gustaban mucho las guayabas, decidió usar una. En su casa había una mata: papi las cortaba y mami hacía jugo, y hasta helado cuando hacía calor.
Salió al jardín un momento, notando que la ventana del cuarto de papi y mami estaba cerrada, como cuando ellos estaban dentro, de noche. Vio la mata en medio del patio, llena de guayabas ricas, pero recordó que mami le dijo que él no podía usar el cuchillo porque se podía cortar.
Franco no quería lastimarse, porque mami se molestaba mucho, y luego iba a tener que explicarle que estaba haciendo un hermanito y dañar la sorpresa. Así que fue a la nevera y ¡Qué bueno! encontró jugo ya hecho.
A Franco le gustaba que supiera muy bueno, así que le echó mucha azúcar morena, así de paso su hermano salía de ese color y se iba a parecer a él.
Luego, fue al cuarto de lavado a buscar el ingrediente más importante: Un pote azul que tenía afuera a una mamá con un bebé. Mami se lo echaba a la ropa para que oliera rica.
A Franco le gustaba mucho el olor de la ropa recién lavada, y pensaba que, si juntaba a la mamá y al bebé con los otros ingredientes, definitivamente iba a tener un hermanito. Y éste iba a oler bien rico, a ropa limpia y guayabas, e iba a salir bien suavecito.
El experimento iba muy en serio, así que fue al cuarto de papi a buscar una camisa blanca de esas con botones. Papi construía casas, como donde ellos vivían, y tenía muchas camisas blancas como la de los muñequitos que hacían química.
También se ponía unos gorros bien graciosos, como el de Bob el Constructor, pero el de papi era blanco. En fin, la camisa blanca de papi le iba a quedar como una bata de científico de verdad.
Cuando alzó los brazos para agarrar el picaporte, la puerta no abrió. Qué extraño. En otro momento hubiera tocado la puerta o gritado, era raro que estuviera cerrada; pero no quería arruinarle la sorpresa a nadie, así que desistió y regresó a la cocina.
Daba igual: estaba muy emocionado. Ya tenía jugo de guayaba, el líquido que hacía bebés y agua, porque abuela siempre decía que el agua era vida. Mezcló todos los ingredientes en el jarro de las visitas y le añadió el toque final: mucho algodón, del que mami y abuela usaban para sus uñas.
Lo sacó todo de la fundita donde estaba, mojándolo poco a poco hasta hundirse al fondo de la mezcla. Ahora su hermanito iba a poder germinar, como su habichuelita.
Mami siempre decía que para que las cosas no se dañaran tenían que ir a la nevera. Así que, con mucho cuidado, sin derramar casi nada en el piso, lo guardó ahí, en la parte de abajo donde él podía alcanzar sus juguitos para la merienda.
Mañana antes de ir al colegio, cuando nadie lo estuviera viendo, lo sacaría para que le diera el sol. Cerró la puerta apresuradamente; aún sin energía eléctrica la nevera era muy fría, hasta para él, que dormía con el abanico en 5. Atravesó sus tubos de ensayo y corrió a su cuarto.
Había sido una ardua tarde de ciencia y trabajo; por eso decidió echar una pavita antes de que llegaran mami, papi y abuela y lo despertaran para cenar con Tía Miranda. Estaba contento: muy pronto su hermanito iba a estar con él y su familia.
Cenarían todos juntos y verían muñequitos. Abrió las ventanas para que entrara el frescor de la tarde-noche. Intentó dormirse, pensando que atrapaba todas las esferas del dragón con Gokú, en su hermanito y en guayabas, pero la verdad, hacía mucho calor y estaba muy emocionado.
En esas estaba cuando sonidos extraños, provenientes de la cocina, interrumpieron sus pensamientos. Preocupado, caminó de puntillas, cuidándose de no hacer ruido.
Tía Miranda, la amiga de papi, estaba vomitando en la cocina en pantis y brasieres, como los que mami se ponía debajo de la ropa. A Franco le extrañó encontrarla de esa forma, ni siquiera mami andaba en la cocina así.
Papi también salió corriendo hacia la cocina, tan rápido que no vio los vasos y jarrones en el piso. Sus gritos de dolor, al pisar sin zapatos los pedazos de vidrio, le recordaron a Franco por qué mami siempre decía que no se debía andar descalzo.
Franco supuso que eso era un lío de gente grande, que lo resolverían ellos. Mami decía que no debía meterse en las conversaciones de los adultos. Además, seguía cansado y con calor, así que decidió volver a su cuarto y recuperar su sueñito. Cuando la cena estuviera lo levantarían.
Pero horas después, nadie lo levantó. Se despertó él solito, porque la electricidad había llegado y el sonido de su abanico en 5 lo sacudió. De repente, se preocupó por su hermanito. ¿Necesitaría agua quizás?
Caminó decidido a la cocina, tan concentrado que no vio a la abuela, en el umbral de la puerta de mami y papi, con una mano en la cintura y la otra sosteniendo una escoba.
Tampoco vio a papi, con los pies envueltos en gasas ensangrentadas y haciendo sus maletas (papi no había mencionado que iba a ir a Nueva York).
Tampoco escuchó a mami en el baño, llorando suavemente.
Franco, ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor, finalmente abrió la nevera y no encontró al jarro con su hermano. Sintió su corazón yéndose a sus pies. ¿Dónde estaba?
Con su pecho palpitando fuertemente, inspeccionó su alrededor: notó el recogedor azul de mami, con muchos pedazos de vidrio y lo que parecía ser sus tubos de ensayo…
Hasta que sus ojos encontraron lo que había sido su querido hermano, sin germinar, en un vaso a medio beber a que se alzaba triunfante en el fregadero.
Inconsciente totalmente, al igual que Franco, del desastre que habían hecho.